Genevieve no llegó, pero el susto nos debe una pregunta: ¿estamos listos?
Un huracán categoría 5 se quedó lejos de BCS. Justo por eso toca hablar de prevención antes de que uno llegue de verdad.
Por Daniel Rojas
Fundador y Director General
20 de septiembre de 2026, 18:05 · Lectura de 4 minutos
El 27 de julio amanecimos con una noticia que enchina la piel a cualquiera que viva en la península. Genevieve había alcanzado la categoría 5, con vientos sostenidos de 260 kilómetros por hora y una presión central de 925 milibares, de acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional. Era el primer huracán mayor de la temporada en el Pacífico mexicano y, por unas horas, el tema de todas las conversaciones.
Luego vino el respiro. El mismo SMN precisó que el sistema estaba a unos 855 kilómetros al sur-suroeste de Cabo San Lucas, que se desplazaba hacia el noroeste y que no representaba riesgo de impacto directo para México. Para Baja California Sur el pronóstico hablaba de oleaje de dos a tres metros, chubascos de 5 a 25 milímetros, rachas de 40 a 60 kilómetros por hora y máximas de entre 35 y 40 grados. Nada que ver con lo que uno imagina cuando escucha “categoría 5”.
Y ahí está, creo yo, el problema. Cuando el huracán se va, se nos va también la urgencia. Los memes reemplazan a los avisos, el oleaje se vuelve una excusa para ir a tomar fotos a la playa y la conversación de prevención se apaga en cuanto el mapa deja de tener un remolino apuntando hacia nosotros. Es humano, pero es caro.
Un huracán que no llega es un simulacro gratuito. Nos regala unos días para preguntarnos cosas que no queremos preguntarnos cuando ya tenemos el viento encima. ¿Sabe cada familia dónde está su refugio más cercano? ¿Están claras las rutas de evacuación en las colonias que se inundan? ¿Los arroyos están limpios o están llenos de basura y escombro? ¿Se han revisado los planes de contingencia de hospitales, escuelas y comercios? No lo afirmo como acusación. Lo planteo como tarea pendiente, porque las respuestas no me consta que las conozcamos todos.
Quienes vivimos Odile en 2014 sabemos que la diferencia entre un susto y una tragedia casi nunca está en la fuerza del fenómeno. Está en lo que se hizo antes: en cuánta gente sabía qué hacer, en qué tan rápido se restablecieron los servicios, en qué tan clara fue la comunicación de las autoridades. Un plan que solo existe en un PDF no sirve de mucho cuando se va la luz y se cae la señal.
Hablando de luz. Pocas semanas después de Genevieve, en agosto, La Paz vivió apagones que la CFE atribuyó a un equipo dañado en una subestación, en medio de lluvias, actividad eléctrica y vientos fuertes. No estoy comparando aquello con un huracán, ni de lejos. Pero debería encender una alerta: si con un chubasco y un viento de temporada la red ya nos deja a oscuras durante horas, ¿qué va a pasar el día que el fenómeno sí traiga rachas de verdad? La prevención no es solo bolsas de arena y refugios. Es también redes eléctricas, comunicación y capacidad de respuesta.
La temporada de huracanes en el Pacífico no termina hasta noviembre. Sobre el papel aún nos quedan semanas de riesgo, y el SMN insiste, como cada año, en mantenerse atentos a los avisos oficiales. Les pido lo mismo a las autoridades de Protección Civil, estatal y municipal: que publiquen sus protocolos con lenguaje claro, que digan qué refugios están disponibles, en qué condiciones, y qué se hizo con lo aprendido en las últimas temporadas.
Y a nosotros, a los de a pie, nos toca lo básico que siempre se posterga: tener a la mano documentos, medicinas, agua, una linterna, el cargador portátil cargado y un plan familiar de dónde reunirnos. Suena aburrido. Lo aburrido, en un huracán, es lo que salva.
Genevieve se fue. La próxima no sé si vaya a tener la misma cortesía.
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